¡GUERRA!


Europa está eclipsada. La memoria inagotable de la guerra ha paralizado a su gente. Los veo frente a los puestos de revistas (que aquí, indistintamente, venden periódicos de todas partes del mundo, lo que facilita la posibilidad de leer una noticia internacional desde ópticas diferentes), enterrando sus manos en sus cabelleras, como para barrer el recuerdo de la bala, de la persecución, de la sangre, de la pérdida. Los veo tratando de sujetar el aliento con sus dedos, que se les escurre, fugaz e invisible, entre las líneas de sus palmas, y deliran, y se recuestan sobre su dolor ancestral, y gimen incrédulos su destino de lidia y refriega. Los veo derrumbarse ante la noticia, y caer en desdicha franca e inmediata.

Principalmente, aquellos que por apariencia parecen ser hijos de la guerra, cuya edad oscila entre los sesenta y los cuarenta, sus caras empalidecen, su postura se tambalea, su asombro quiere complicidad y al instante mismo de leer los titulares, sea cual fuere el idioma del rotativo, voltean con mirada perdida, desequilibrada, dudosa, a ver al vecino lector como para dar crédito a lo que sucede: la intervención militar de la OTAN en Serbia.

Otra guerra en la península Balcánica.

La gente joven, en cambio, observa los periódicos con relativo desinterés. Un desdén moja su mirada. Algunos incluso sonríen como portavoces civiles de la alianza que apoya el ataque contra Milosevic. Un decir se escapa, humea su ánimo, su mudez: "Tarde o temprano debía suceder esto. Se lo merece."

Yo, desde el margen, al borde de un abismo cuyo desfiladero lo representa la incredulidad, el desconocimiento de causa y sobre todo el desconcierto, confundo mi opinión. No defino con certeza mi postura. A veces, desde la primera lectura histórica que degustó mi paladar, me enredo con la idea de que en ocasiones es necesaria una muerte para salvar muchas otras. Matar a Hitler en el 39, por ejemplo, hubiese cambiado el curso de la historia. Pero, ¿hasta qué punto es tolerable que la voluntad del hombre se imponga a la divina? ¿Conocemos a hombre alguno, máxime los que se manosean con la política, los que trajinan con el gobierno de los pueblos, a quién podamos considerar literalmente justo? ¿Existió, ha existido, existe o existirá la justicia en su estado ideal? ¿Gobierna la razón en la lógica militar? Coño, cuantas preguntas sin respuesta. Algunas de ellas han reventado mis sesos durante los últimos pasos —ahora bañados de sangre, otrora iluminados por el color y la pincelada de Renoir— de mi visita a Europa.

E irremediablemente, otro cuestionamiento: ¿Por qué los Balcanes? ¿Qué especie de hado fatal vincula este siglo con aquella región convulsa?

El primero y el último aliento del milenio tendrán aroma de muerte balcánica. Espero que este conflicto no se extienda ni en el tiempo ni en su territorio como campo santo de batalla. Moscú ha presentado de forma airada su oposición a la intervención armada de los países integrantes de la OTAN. Incluso, mucho es de temerse un enfrentamiento mundial en este sentido, en algunas lecturas alarmantes, principalmente las provenientes en el New York Times, Yelstin además de mostrar su repudio y de incriminar a los países de la alianza del Atlántico Norte, primordialmente a los Estados Unidos, prevé la probabilidad de apoyar al ejercito yugoslavo en el momento que considere intolerante la acción de los aliados (¿qué momento fatal podría ser ése?), "que no está muy lejos de ser ahora mismo", dijo.

El dique que ha impedido que la furia mundial se desborde y que la guerra sea el juego macabro que signe nuestra existencia de fin de milenio lo representa el reconocimiento generalizado de los líderes del mundo respecto a la demencia genocida que personaliza el abominable presidente yugoslavo: Slobodan Milosevic. Huérfano de padre y madre (ambos bajo el yugo del suicidio), hace carrera política desde muy temprano en la antigua Yugoslavia de Tito, y se le reconoce por su rudeza y por sus persecuciones étnicas. Casa con la frenética comunista, una tecnócrata de la muerte, corrupta hasta el tuétano: "medusa", Mirjana Markovic, y juntos, apoyados por la estrategia psicológica del autor intelectual de todo este exceso, su psiquiatra: Radovan Karadzic (créanme, la psiquiatría y la psicología son los verdaderos enemigos de la humanidad, no lo digo a la ligera, y estoy dispuesto a discutir esto en el foro que sea con quien sea; detrás de Hitler, de Mussolini, y ahora de Milosevic siempre uno de esos nefastos "consejeros espirituales"), quien fue juzgado y encontrado culpable como criminal de guerra, debido a sus persecuciones étnicas durante el conflicto bélico en Bosnia-Herzegovina por el Tribunal Internacional de Justicia de Naciones en la Haya; durante la década de los noventa, han hecho de los Balcanes la reminiscencia de la Primera Guerra Mundial, un centro de atención —bien opinaba Churchill— que no vale la sangre que ahí ha sido derramada.

Volvemos a la guerra en Europa sin conocer las consecuencias que puedan devenir de ella. En América Latina puede que nos sintamos aislados del conflicto. Pero no es así, no debe ser así. Necesitamos volver la cara, en vista de la actual coyuntura política mundial: la globalización, a este tipo de dificultades sociopolíticas, y servir de interlocutores críticos de ella.

Sentarse en el calor del hogar a ver el frenesí luminoso que nos muestra CNN, de lo que al parecer son fuegos artificiales pero que en realidad son bombas, explosiones que vuelan la cabeza de un niño de dos años, que mutilan a una anciana, que aniquilan a una familia de siete, en un segundo, en el tiempo mismo que dura un suspiro agónico, y no reclamar, y no llamar la atención, y ser cómplices del genocidio con nuestro silencio resulta vergonzoso.

Yo no puedo, por ello hago uso de esta tribuna. Los invito a participar, analizando, pensando, discutiendo, en cualquier lugar, ante cualquier público. Propongamos, opinemos, ¡hay que actuar!, ¿cómo?, no sé, sugieran.

Yugoslavia, Kosovo, su pueblo nos lo suplican.


 

AUTOR: GUSTAVO TOVAR ARROYO

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