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EX-KULTURA "Taco Bell and me" AUTOR: TOVAR ARROYO "EL MICHOACANO" "El hombre no progresa, el único
que progresa es el pensamiento." Hace algunos domingos, el oficio literario se vio favorecido por la aguzada publicación quincenal de Mario Vargas Llosa para el diario español El País. En esta ocasión, su columna Piedra de Toque fue intitulada La mentira de las verdades. En ella, el peruano discurre acerca de la polémica biografía oficial del ex presidente norteamericano Ronald Reagan. Menciona -lo cual es cierto- que esta biografía es el eje crucial de cualquier conversación en los círculos intelectuales norteamericanos por el modo dual con que su autor, Edmund Morris, lo abordó. Dualidad que relacionaba el perfil histórico de su crónica (que debía estar sujeto a la realidad, ser veraz, tan de moda en Venezuela esta palabra), con la ficción, representada por dos narradores inventados, quienes cumplían la función de contar la historia de Reagan "desde adentro". De más está decir que para Don Mario el ejercicio fue desafortunado. En ese sentido opina que entre la ficción literaria y la veracidad de la relación histórica de una biografía se extiende una zanja intransitable que, de ser cruzada, producirá siempre los más accidentados resultados. Lo literario -según Vargas Llosa- o la mentira que deviene verdad, es un ejercicio completamente distinto al ejercicio objetivo que debe una biografía. Mezclar ambos "ejercicios", por lo general, si es el historiador quien ensaya con lo imaginario (con la "mentira"), produce un efecto insalvable en la lectura, restándole veracidad y seriedad. El ensayo trabajado de esta ajetreada forma genera una gran duda. Éste, aparentemente, fue el resultado del trabajo de Morris: una enorme duda, de la cual el autor todavía se queja, no obstante los tres millones de dólares que se embolsó por los derechos para editar su obra. Saco a colación lo anterior, puesto que de mí, escritor de "mentirillas verdaderas" o de "verdades de mentira", algún escritor en alguna polémica me ha llamado mitómano, porque no me sujeto a los hechos con exacta devoción, y mi "estilo desaliñado y brusco" (¿libre?), a veces, por su misma naturaleza "libertina", hace uso de la exageración y del exceso para "pescar" en el lector-róbalo un resultado efectivo (y después comérmelo frito, al lector, con mantequilla y un sutil mojito de ajo, hum…) Mi ficción, relación directa entre mi experiencia cotidiana y el efecto imaginario que concede esa cotidianidad a mi vida, es "mi verdad". Es el manojo de argumentos con el que me desenvuelvo y vivo, mi oportunidad de interpretar la vida como la relación inextricable entre lo que experimento, pienso e imagino: un sueño hecho realidad, o una realidad que nunca sabré si es el sueño de otro. Nada más. Mi ficción soy yo; o mejor, yo, en medio de todo, para ustedes, lectores-róbalo, soy una realidad cuya entraña es la ficción. Una exageración para unos, un exceso para otros, mitomanía para uno (más o menos ignorante del término, él), no importa. Soy el resultado de una vida que usa la experiencia cotidiana, repleta de experiencias enigmáticas, como fundamento de la ficción. Así, el pasado martes, en la fila de Taco Bell, aquí en la ciudad de Miami, en mi vida (que es una ficción para ustedes: lectores-róbalo y una realidad para mí) sucedió una experiencia muy curiosa, digna de ser contada a viva voz en Latinworld. Acomodado en una fila de cuatro, preparándome para comprar ese prototipo de "mentira" mexicana que es la comida de Taco Bell, esperaba el turno que me permitiría experimentar esa ficción de nuestra realidad, que nos describe -biografía "oficial"- como una comida chatarra, de plástico, cuando un poblano (1) (tercero en la fila), un veracruzano (2) (segundo) y un pocho (3) (primero) discutían sus preferencias alimenticias entre el mosaico de mentiras que nos ofrecía el establecimiento.Los escuché con atención mientras resolvían si las flautas (esas trompas Falopio hinchadas con un embrión ectópico) eran mejores que las gorditas, pero que los "tacos" (unos contenedores de plástico que cobijan en su seno zacate, carne de lombriz y frijol sintético), esas delicias de cartón, ocupaban el sitial de honor si se solicitaban en combo, o sea, con papitas fritas y Coca Cola. Vaya desmadre, me dije. Un michoacano (4), quien escribe, (sinónimo de esclavitud), un poblano (de trabajo forzado), un veracruzano (de calamidad) y un pocho (de hibridez), esperábamos nuestro turno para probarnos "mexicanos" según la biografía histórica que de nosotros, a través de la comida de Taco Bell, han hecho los gringos. Compré mi comida, unos tacos de papel, y me los empaché rápido. En cuestión de horas, la indigestión fomentó mi ira. Esta noche, en el momento de escribir, entre sudores y retorcijones, me doy cuenta que este mexicano "sintético y chatrarra" que se está gestando en los Estados Unidos, que está emergiendo como inmigrante en esta poderosa nación, no es más que un aceitoso y ardiente vómito, o mejor, parafraseando al maestro Vargas Llosa: una enorme duda biográfica, mezcla de verdad y ficción, desafortunada mentira, o como en nuestro México del alma solemos decir: una mamada. ¡Cuidado! (1)Poblano: originario del estado de Puebla, México (2)Veracruzano: originario del estado de Veracruz, México (3)Pocho: ilegal mexicano en los Estados Unidos (4)Michoacano: originario del estado de Michoacán, México
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